lunes, 14 de septiembre de 2026

LA FELICIDAD DE TENER Y LA FELICIDAD DE SER

Psicólogo Juan Carlos Medina

Todos queremos ser felices. Buscamos amor, seguridad, bienestar, relaciones satisfactorias y proyectos que nos ilusionen. Organizamos nuestra vida intentando acercarnos a lo que nos hace sentir bien. Es natural: como humanos, deseamos disfrutar de nuestra existencia.

Pero, desde una mirada espiritual, cabe otra pregunta: ¿y si el sentido profundo de las experiencias no fuera solamente hacernos felices, sino ayudarnos a desarrollar nuestra consciencia?

Esta posibilidad nos invita a contemplar una misma vida desde dos perspectivas: la del ego y la del alma.

Aquí entendemos por ego ese yo cotidiano que tiene deseos, temores, expectativas y necesidades. El ego quiere estar bien, sentirse seguro y conseguir aquello que cree que le dará felicidad. El alma, dentro de esta visión espiritual, busca expandirse: comprender más profundamente, desarrollar el amor y ampliar la consciencia.

Son dos caras de una misma realidad. Vivimos las mismas experiencias, pero su significado cambia según el plano desde el que las contemplemos.

Podemos comenzar una relación porque esperamos ser felices junto a alguien. Esa es nuestra intención consciente. Sin embargo, al vivirla también podemos descubrir nuestros apegos, aprender a expresar lo que necesitamos, reconocer nuestros límites o comprender mejor qué significa amar.

Nos acercamos buscando felicidad y, en el recorrido, encontramos oportunidades para desarrollar nuestra consciencia.

La felicidad esperada actúa como una zanahoria: nos ilusiona, nos moviliza y nos anima a entrar en experiencias que quizá no elegiríamos si conociéramos de antemano todo lo que van a exigirnos. Desde esta interpretación, el alma puede servirse de esa atracción para acercarnos a lo que necesitamos desarrollar.

Esto no significa que toda ilusión deba terminar en decepción. También crecemos a través de la alegría, de una relación sana, del conocimiento y de los proyectos que salen bien. Tampoco significa que debamos permanecer donde nos hacen daño. Reconocer una situación perjudicial y alejarnos de ella puede ser, precisamente, parte de ese aprendizaje.

Además, vivir una experiencia no garantiza comprenderla. Podemos repetirla sin advertir lo que sucede. El desarrollo de la consciencia aparece cuando somos capaces de mirar con honestidad, reconocer lo que sentimos e integrar lo aprendido en nuestra manera de vivir.

En ese proceso se hace visible una distinción: la felicidad de tener y la felicidad de ser.

La felicidad de tener se apoya en aquello que conseguimos: tener pareja, reconocimiento, dinero, compañía o determinadas condiciones de vida. Todo ello puede ser valioso y contribuir a nuestro bienestar. La dificultad aparece cuando toda nuestra felicidad queda pendiente de conservarlo.

La felicidad de ser nace de una relación más profunda y serena con nuestra propia existencia. Se expresa en la paz de vivir con coherencia, en la capacidad de amar, en el disfrute de lo sencillo y en sentir que nuestra vida tiene valor incluso cuando algo no sale como esperábamos.

No supone dejar de desear ni volverse indiferente. Podemos seguir buscando una vida feliz y cuidando nuestras necesidades, mientras descubrimos que ningún logro puede sostener por sí solo toda nuestra plenitud.

Así, las dos perspectivas se encuentran: como humanos buscamos experiencias que nos hagan felices; desde el alma, esas experiencias pueden ayudarnos a descubrir una felicidad más profunda.

Buscamos la felicidad de tener, pero la que de verdad vale la pena es la felicidad de ser.

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