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Grupo Profesional de Licenciados/as en Psicología y Especialistas en Psiquiatría.
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La pareja como reflejo de la vida que estás construyendo
Psi. Juan Carlos Medina
La pregunta decisiva no siempre es qué ocurre entre dos personas, sino qué está ocurriendo en la vida de cada una.
El hogar es también ese espacio psicológico desde el que ya no necesitas escapar de tu propia vida.
Una metáfora para comprender la autonomía afectiva.
La calidad de una relación de pareja depende, en gran medida, de la calidad de la vida que cada persona ha construido fuera de la pareja.
Esto cambia completamente el foco habitual. Muchas veces se piensa así: «Tengo problemas de pareja → tengo que arreglar la pareja».
Pero en bastantes casos la secuencia real puede ser otra:
Por eso, antes de preguntarse cómo mejorar una relación, conviene hacerse una pregunta anterior:
¿Me gusta la vida que estoy viviendo?
Una pareja puede aportar afecto, intimidad, compañía, sexualidad, apoyo, proyectos compartidos y sensación de pertenencia.
Cuando alguien no tiene una vida propia suficientemente satisfactoria, aumenta el riesgo de esperar demasiado de la relación. La pareja empieza entonces a tener que proporcionar:
Necesitar afecto y vinculación es humano. El problema aparece cuando todo el bienestar psicológico depende excesivamente de una sola relación.
La autonomía afectiva no elimina el vínculo: lo hace más libre.
No significa vivir aislado ni rechazar el amor. Significa construir una existencia con la que uno tenga un vínculo positivo.
Una persona ha construido su hogar interno cuando puede reconocerlo sin sentirse atrapada ni necesitar huir.
No todas las áreas tienen que estar presentes en la misma medida. La cuestión fundamental es que exista una vida propia con contenido.
Dos recorridos posibles: la relación como encuentro o como intento de compensación.
Si una persona está razonablemente satisfecha con su existencia, ocurre algo decisivo: disminuye la carencia afectiva desde la que se relaciona.
No necesita que la pareja le proporcione constantemente una razón para sentirse bien. Puede querer al otro sin pedirle que organice toda su existencia.
Una vida que ya tiene sentido puede compartirse sin convertir al otro en su salvación.
Imaginemos una vida monótona, sin proyectos que ilusionen, con pocos intereses y la sensación persistente de no avanzar.
La expectativa es comprensible, pero coloca sobre la pareja una responsabilidad enorme.
Una tarde aburrida puede sentirse como:
«Nuestra relación se ha apagado.»
La falta de ilusión general puede convertirse en:
«Ya no siento lo mismo por mi pareja.»
La pareja deja de vivirse como compañía y empieza a sentirse como problema, amenaza o carga.
A veces atribuimos al vínculo un malestar que, en realidad, se ha gestado en el conjunto de nuestra vida.
«Estoy aburrido de mi pareja.»
¿Estoy aburrido de mi vida?
«Mi relación ya no me ilusiona.»
¿Qué cosas de mi vida me ilusionan actualmente?
Existen relaciones objetivamente dañinas, incompatibilidades importantes, falta de afecto o problemas específicos de pareja. La reflexión sobre la vida propia no invalida los problemas reales del vínculo.
Tener una buena vida personal no garantiza que dos personas sean compatibles. Dos trayectorias pueden ser valiosas y, aun así, no resonar entre sí.
El encuentro no obliga a la compatibilidad.
Pueden existir ritmos distintos, proyectos incompatibles, valores diferentes o, sencillamente, insuficiente resonancia. Eso no significa necesariamente que alguien esté mal.
Sí sirve. Trabajar la comunicación, incrementar interacciones positivas, mejorar la sexualidad, negociar responsabilidades, aumentar el tiempo de calidad o aprender a resolver conflictos puede transformar una relación.
No pueden fabricar una vida satisfactoria para una persona que no la tiene. Por eso, a veces es necesario preguntar también: ¿qué está ocurriendo con la vida de cada miembro de la pareja?
Imaginemos dos personas que llevan quince años juntas. Ambas dicen: «Nuestra relación se ha vuelto aburrida».
Han dejado de comunicarse, apenas comparten tiempo y existen resentimientos acumulados.
El trabajo sobre la pareja es fundamental: comunicación, reparación, acuerdos y reconexión.
La relación no ha cambiado demasiado, pero una persona ha perdido proyectos, amistades, intereses y estímulos.
Recuperar una vida propia con contenido, sin esperar que toda la emoción aparezca dentro de la pareja.
Antes de evaluar la relación, conviene mirar la vida desde la que estamos relacionándonos.
Primero existe una tarea personal: crear una existencia suficientemente significativa, interesante y habitable. Después puede aparecer alguien con quien compartirla.
Juan Carlos Medina
Psicólogo
El Colegio Oficial de Psicología de Ceuta ha difundido varias infografías destinadas a ayudar a la población a afrontar psicológicamente lo que estamos viviendo. Se habla de reducir la exposición a determinadas informaciones, recuperar rutinas, evitar la hipervigilancia y volver progresivamente a la normalidad.
Todo eso puede ser adecuado cuando el problema fundamental es que seguimos sintiendo peligro aunque el peligro haya desaparecido.
Pero ¿es esa actualmente la situación de Ceuta?
El juez Antonio Pastor, titular del Juzgado de Instrucción nº 5 de Ceuta, ha explicado públicamente que antes del 30 de julio podían interponerse unas 20 o 30 denuncias diarias y que ahora se está hablando de 200 o más cada día. También ha confirmado 16 agresiones sexuales desde el comienzo de esta crisis.
Por tanto, conviene empezar por la realidad: en Ceuta no estamos solamente ante una percepción subjetiva de amenaza. Existe un incremento objetivo del riesgo.
El miedo hace que prestemos más atención, que evitemos determinados riesgos, que reconsideremos una salida, que acompañemos a nuestros hijos, que estemos pendientes de nuestro entorno o que tomemos precauciones que, en condiciones normales, quizá serían innecesarias.
Eso no es necesariamente un problema psicológico.
Es adaptación.
Naturalmente, una cosa es tener miedo y otra vivir dominados por él. El pánico, la difusión de rumores, la ira, las conductas impulsivas, portar armas o buscar enfrentamientos pueden convertir una situación peligrosa en otra todavía peor.
Precisamente por eso necesitamos cabeza.
Pero afrontar el miedo con cabeza no significa comportarnos como si nada estuviera ocurriendo.
Si existe una situación excepcional, algunas conductas excepcionales pueden ser razonables.
No salir por determinados lugares a determinadas horas puede ser prudencia. Estar más atento puede ser prudencia. Informarse de lo que sucede puede ser prudencia. Modificar temporalmente algunas rutinas puede ser prudencia.
La psicología debe ayudarnos a distinguir entre prudencia y pánico, no a confundir prudencia con patología.
También llegará el momento de recuperar completamente la normalidad. Y cuando el peligro haya disminuido, si una persona continúa encerrada en casa, permanentemente alerta y comportándose como si la amenaza siguiera siendo la misma, entonces tendremos otro problema que abordar.
Pero primero hay que mirar dónde estamos ahora.
Ceuta atraviesa una situación extraordinaria. Los propios juzgados están pidiendo refuerzos porque el incremento de asuntos es extraordinario.
Por eso el mensaje psicológico que necesita la población no debería ser simplemente «ten menos miedo».
Debería ser mucho más claro:
Porque cuando existe un peligro real, el miedo proporcionado no es nuestro enemigo.
El miedo también nos protege.
Una reflexión sobre David y Goliat
Cuando Dios decidió que David sería rey, no puso una corona delante de él.
Puso a Goliat.
Y quizá ahí haya una enseñanza para nosotros. Pedimos crecimiento, éxito, abundancia, una nueva etapa… y esperamos que la respuesta llegue en forma de puertas abiertas, oportunidades y caminos fáciles. Pero muchas veces lo que aparece son problemas, dificultades, incertidumbre y gigantes.
Entonces pensamos
«Esto no era lo que había pedido».
¿Y si precisamente lo fuera?
¿Y si algunos de esos obstáculos fueran el terreno en el que tenemos que desarrollar las capacidades necesarias para llegar hasta aquello que deseamos?
David no llegó a ser quien fue a pesar de Goliat. Goliat fue una de las circunstancias que permitió que apareciera el David que llevaba dentro.
Por eso, cuando la vida coloque un gigante delante de ti, no pienses inmediatamente que algo ha salido mal.
Tal vez estés pidiendo una corona…
y la vida te esté enviando primero al gigante que necesitas vencer para estar preparado para llevarla.
Reflexión inspirada en el relato de David y Goliat · 1 Samuel 17
La adaptación social no garantiza la bondad.
Juan Carlos Medina
Una de las grandes decepciones de hacerse mayor consiste en descubrir que el daño no siempre procede de personas abiertamente crueles, violentas o desequilibradas. Con frecuencia, quienes intentan perjudicarnos son personas aparentemente normales: adaptadas, educadas, agradables e incluso bien valoradas socialmente.
Ese es precisamente el aspecto más inquietante.
Estamos acostumbrados a imaginar la maldad con un rostro evidente. Pensamos en alguien agresivo, extraño o fácilmente reconocible. Sin embargo, muchas conductas dañinas nacen en personas completamente funcionales que trabajan, sonríen, mantienen relaciones sociales y saben comportarse correctamente en público.
A veces, además, los motivos son sorprendentemente pequeños: una rivalidad insignificante, una crítica mal encajada, una herida de orgullo, una frustración, un sentimiento de envidia o el deseo de vengarse por una cuestión intrascendente. Lo verdaderamente desconcertante es la desproporción entre la causa y el daño que están dispuestas a provocar.
Una persona puede tratar de desacreditar a otra, aislarla, difundir rumores, bloquear sus oportunidades o poner a terceros en su contra simplemente porque se ha sentido cuestionada, desplazada o herida en su ego. No necesita existir un conflicto grave. A veces basta con que interprete que el otro no le ha dado la importancia que cree merecer.
Ser una persona socialmente adaptada no significa necesariamente ser una persona ética.
La adaptación indica que alguien conoce las normas, comprende lo que se espera de él y sabe desenvolverse en su entorno. Pero no nos dice nada definitivo sobre su honestidad, su empatía o sus principios.
De hecho, algunas personas utilizan precisamente sus habilidades sociales para perjudicar de una manera difícil de detectar. No atacan frontalmente. Actúan mediante insinuaciones, silencios, rumores, exclusiones o manipulaciones discretas. Conservan una imagen amable mientras desarrollan su agresividad por caminos indirectos.
Otro elemento importante es que quienes hacen daño rara vez se consideran a sí mismos malas personas.
Normalmente construyen una explicación que justifica su comportamiento:
Estas narraciones permiten perjudicar a otra persona sin sentir una culpa profunda. El agresor transforma su resentimiento en una supuesta causa justa y convierte su deseo de venganza en una forma imaginaria de reparación.
La crueldad resulta especialmente peligrosa cuando aparece acompañada de una conciencia tranquila.
Muchos conflictos graves no nacen de grandes diferencias, sino de pequeñas heridas narcisistas.
Hay personas que toleran mal no ser obedecidas, reconocidas, admiradas o tenidas en cuenta. Una negativa, un límite o una discrepancia pueden ser interpretados como una humillación intolerable.
Entonces aparece el desquite.
No buscan resolver el conflicto, sino recuperar una sensación de poder. Necesitan que el otro pague, que pierda algo o que se sienta vulnerable. El objetivo ya no es aclarar lo ocurrido, sino restaurar el orgullo herido.
Desde fuera, la causa puede parecer pueril. Para quien vive dominado por su ego, sin embargo, puede sentirse como una afrenta enorme.
Comprender todo esto no significa desconfiar de todo el mundo ni vivir a la defensiva. Significa abandonar una ingenuidad peligrosa.
No todas las personas agradables son leales. No todas las personas educadas actúan con nobleza. No todo aquel que sonríe desea nuestro bien.
La confianza debe construirse observando la conducta a lo largo del tiempo, especialmente cuando aparecen desacuerdos, límites, frustraciones o intereses enfrentados. Es en esos momentos cuando el carácter se vuelve visible.
La verdadera calidad humana no se demuestra cuando todo va bien, sino cuando alguien podría perjudicar a otra persona y decide no hacerlo.
Al final, quizá una de las preguntas más importantes sea esta: