Por: EL PAÍS | 25 de mayo de 2013
por PATRICIA DE SOUZA
Tal vez exista un punto de encuentro, un puente entre la literatura y el psicoanálisis, una genealogía que no ha sido reconocida públicamente (sobre todo el método, hay que “narrarse” durante la cura), y que sin embargo está implícita en la simbología del psicoanálisis. A lo mejor también la literatura como el psicoanálisis se encuentran en pleno retroceso frente a las teorías “cientistas, positivistas, concretas”. Lo que hasta ahora hemos llamado “inconsciente” han sido las marcas, heridas, “traumas” que muchas veces impiden vivir aunque no sea imposible darles la espalda y seguir viviendo como si nada, Nabokov nunca ocultó su fobia hacia el psicoanálisis, él veía en la escritura una forma de verdad irrevocable, concreta, completa.
Cierto, el psicoanálisis y la literatura han heredado valores de la Ilustración y no han abandonado sus ganas de luchar contra una forma de “oscurantismo” del pensamiento, tanto el psicoanálisis como la literatura han tratado de iluminar los espacios de sombra, pero la pregunta es ¿qué tiene que ver el psicoanálisis con escribir? Es quizás lo primero que se preguntó Sigmund Freud y que Edmundo Gómez Mango & J.B. Pontalis (Freud avec les écrivains, Gallimard 2013) tratan de elucidar en este libro acerca de Freud y los escritores, cuáles serían esas deudas “no reconocidas”, donde están sus encuentros y puntos de unión, sus nudos. Por ahora, seguimos teniendo muchas preguntas sin respuesta, preguntas sobre lo que significa el inconsciente (“el inconsciente son los otros”, dijo Lacan), las pulsiones de vida y de muerte, la sexualidad y el deseo, comprender lo que Sigmund Freud quiso nombrar como “la ciencia del alma” y que la literatura siempre ha tratado de sondear, de mostrar, sin pretender ninguna clasificación científica, un instrumento de reconstrucción más que de demostración.
El caso de Dostoievski y Stefan Zweig, por ejemplo, en ambos casos, la relación con la autoridad encarnada en el padre es fundamental. Freud escribió el prólogo a una de las ediciones de Los Hermanos Karamazov, libro que a su modo de ver solo se podía comparar con el Hamlet de Shakespeare, otro personaje que tiene que ver con el padre y que sufre los tormentos de la tensión entre el miedo al castigo y la culpabilidad, Freud, dixit. Más que la unidad lo que Pontalis y Gómez Mango reconocen es una relación directa con el mito de la “Horda primitiva” como inicio de la civilización, es decir el grupo de hijos que sacrificó al padre para obtener la libertad, y que una vez el asesinato consumado, después del festín caníbal, tiene que restablecer la autoridad para producir un nuevo orden: el valor totémico del animal sacrificado, la religión y la cultura. La represión y el miedo del asesinato del padre es lo que Freud reconoce en la figura de Edipo, en la Los Hermanos Karamazov y en la figura preponderante del imago masculino en el caso de Zweig. No hay que olvidar que la relación de Zweig con su deseo fue siempre ambivalente, bisexual, entre la necesidad de romper con una moral burguesa y la fascinación por la muerte (Zweig se suicidará más tarde con su esposa en Brasil, durante la guerra). Hay que leer Confusión de sentimientos, y Veinticuatro horas en la vida de una mujer, para comprender la fascinación que ejerció Zweig en Freud, pero nunca como Dostoievski en quien reconoce un talento superior, completo. Lo curioso es que en el inicio del prólogo a Los Hermanos Karamazov, sea tajante considerándolo como un “neurótico, un moralista y casi un asesino”.
Interesante cómo Freud, a diferencia de Mélanie Klein, que analiza las relaciones con la madre, centra sus intereses en la figura dominante del hombre. Thomas Mann, otro autor que lo nutre, lo lee temprano y se conocen e intercambian lecturas. Es justamente ese cruce de ”lo psicológico con lo místico, el mito vivido y el momento del encuentro fecundo entre el novelista y el psicoanálisis”, lo que dará lugar a algunos libros de Freud. Lo que ambos oficios hacen es recorrer las huellas. Caminar sobre esas piedras calientes a fin de identificarse con ellas. Como lo dicen los mismos autores de este libro, “ambas actividades se aproximan al querer afrontar con algo tan arbitrario y rígido como es el lenguaje, el duelo de la experiencia vivida, confiando en la infinita capacidad de resonancia del idioma”. ¿Será la razón por la cual Freud, en el mismo prólogo a Los Hermanos Karamazov, dice que frente a la literatura el psicoanálisis no puede sino bajar las armas? Este estudio nos revela que ambos no están tan separados y que, con el tiempo, como lo escribió también Freud en su corto texto Efímero destino (traducido así al francés), un día, la literatura y el psicoanálisis no significarán una interrogación para nadie. Tal vez en esta época de “hiperrealismo” y redes sociales dominantes, una nueva forma de conocer esté tomando forma, tal vez desaparezca el “inconsciente” o se le entienda de otra manera. Pero, los sueños, como realidad interior, latente, no pueden cesar (¿o sí?), de ahí que toda reconstrucción sea una forma de reconstruir desde las ruinas, de ahí el desarraigo y las enormes ganas de quienes escribimos de arraigarnos en la escritura.
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Imágenes: Los Hermanos Karamazov. Jacques Copeau, Jean Croué.The Guild Theatre, 1927. / Retrato de Sigmund Freud por Soledad Calés.
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PATRICIA DE SOUZA, autora peruana, recientemente publicó el ensayo Eva no tiene paraíso, tiene publicadas varias novelas, El último cuerpo de Úrsula, Electra en la ciudad,Tristán, entre otros títulos. Mantiene el blog Palincestos (www.palincentos.blogspot.com)
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